Manifesto

Las modernidades siempre se presentan bicéfalas, como mínimo. Nos aferramos a ellas como si fuera el último caballo sin silla del universo porque no queremos quedarnos atrás: nadie quiere quedarse atrás (bueno, siempre nos quedarán los Amish y las últimas tribus aisladas del Amazonas). El modus operandi de mirar solo la zanahoria que va a hacernos más felices, más ricas y famosas, más MEJOR tiene la desventaja de que vamos tirando por la borda uno por uno los elementos que componían nuestro mundo hasta que un día nos sentamos y estamos en otro lugar completamente distinto y no sabemos si nos gusta ni qué coño ha pasado y …¿qué es este extraño objeto pegado a mi mano? Suele pasar un domingo o algún día de verano en el que tenemos un poco más de espacio para pensar del habitual cuando nos damos cuenta de que durante la loca carrera hacia el horizonte difuso de la modernidad se nos han caído elementos que nos gustaban, de los que disfrutábamos y que de alguna forma nos hacían ser quien somos, decoraban las paredes de nuestra persona, lo que sea que signifique eso. 

En un día de domingo te darás cuenta de que echas de menos leer un fanzine fotocopiado y grapado a mano que contenga las mejores intenciones de alguien demasiado punki o vago como para escribir un libro entero, montar una revista o buscarse una editorial. Ese mismo domingo (u otro) te preguntarás cuánto tiempo hace que no recibes algo que te haga ilusión en tu buzón de correo (físico, no el e-mail) que no venga de Amazon. Y ese día buscarás FANZINET y te llenará un poco, siempre sin pasarse, el agujero del alma que pide a gritos una ingestión de cultura alternativa de la de verdad: la que no ha pasado por los filtros de las grandes compañías ni de las ejecutivas/os que invierten en productos que deben de ser viables o que copian lo que ya existe pero cambiando cosas para que no se note.

Porque hay vida más allá de las apps, los filtros valencia y los plugins:

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